¿Qué es la música? El arte de convertir el sonido en emoción

La música está presente prácticamente en todas las culturas conocidas. Nos acompaña en celebraciones, momentos difíciles, películas, viajes, conciertos y recuerdos. Puede hacernos bailar, emocionarnos o transportarnos instantáneamente a otro momento de nuestra vida.

Pero definir qué es la música resulta bastante más complicado de lo que parece.

Decir que la música consiste simplemente en combinar sonidos sería quedarse en la superficie. También intervienen el ritmo, el silencio, la intención, la percepción y la emoción. Incluso aquello que técnicamente podríamos considerar ruido puede convertirse en material musical cuando un creador lo utiliza con una determinada intención.

Entonces, ¿qué es realmente la música?

¿Qué es la música?

Podemos definir la música como el arte de organizar sonidos y silencios a lo largo del tiempo con una intención expresiva.

Esta definición es deliberadamente amplia porque la música ha cambiado enormemente a lo largo de la historia.

Una composición para piano de Frédéric Chopin, una canción de rock, una improvisación de jazz, una obra electrónica construida mediante sintetizadores o una pieza experimental basada en sonidos ambientales pueden parecer mundos completamente diferentes.

Sin embargo, todas comparten algo: existe una organización del sonido en el tiempo.

Tradicionalmente, la música occidental se ha explicado mediante varios elementos fundamentales:

  • Ritmo: organiza los sonidos y silencios temporalmente.
  • Melodía: sucesión de notas que percibimos como una línea musical.
  • Armonía: relación entre diferentes notas que suenan simultáneamente.
  • Timbre: característica que nos permite distinguir una guitarra de un piano, una voz o un sintetizador.
  • Dinámica: variaciones de intensidad dentro de una interpretación.
  • Silencio: ausencia de sonido utilizada también como elemento expresivo.

Estos elementos forman parte del lenguaje con el que músicos y compositores construyen sus obras.

El sonido como materia prima

Si un pintor trabaja con colores y un escritor utiliza palabras, el músico trabaja principalmente con sonidos y silencios.

Desde un punto de vista físico, un sonido aparece cuando una vibración genera ondas que se propagan por un medio, normalmente el aire, hasta llegar a nuestros oídos.

Pero ahí solamente comienza el proceso.

Nuestro cerebro interpreta esas vibraciones y las convierte en una experiencia auditiva.

Podemos identificar algunas propiedades fundamentales del sonido:

Frecuencia: determina principalmente si percibimos un sonido como grave o agudo.

Amplitud: está relacionada con su intensidad.

Duración: indica cuánto tiempo permanece el sonido.

Timbre: permite distinguir diferentes fuentes sonoras incluso cuando producen la misma nota.

Por ejemplo, una guitarra eléctrica y un piano pueden interpretar exactamente un La de 440 Hz, pero los reconoceremos inmediatamente como instrumentos diferentes debido principalmente a su contenido armónico, envolvente y timbre.

Aquí aparece una de las conexiones más interesantes entre música y sonido: detrás de una emoción musical también existe un fenómeno físico que podemos estudiar, grabar, transformar y procesar.

El ritmo: organizar el tiempo

Antes incluso de que exista una melodía puede existir música gracias al ritmo.

El ritmo organiza los acontecimientos sonoros en el tiempo y probablemente sea uno de los elementos musicales más profundamente relacionados con nuestro propio cuerpo.

Tenemos pulso.

Respiramos siguiendo determinados ciclos.

Caminamos manteniendo patrones relativamente regulares.

Quizá por eso reaccionamos de una manera tan natural ante un ritmo.

Cuando escuchamos una batería tocando un patrón sencillo de rock, nuestro cerebro comienza rápidamente a anticipar dónde aparecerá el siguiente golpe.

Y precisamente esa combinación entre repetición y expectativa constituye una parte importantísima de la experiencia musical.

La melodía: cuando las notas cuentan algo

La melodía es probablemente uno de los elementos que reconocemos con mayor facilidad.

Una melodía consiste en una sucesión organizada de sonidos con diferentes alturas y duraciones.

Pero una buena melodía puede conseguir algo extraordinario: permanecer en nuestra memoria durante décadas.

Podemos olvidar parte de la letra de una canción y, sin embargo, seguir recordando perfectamente su melodía.

Esto ocurre porque nuestro cerebro es especialmente eficaz reconociendo patrones musicales.

Una melodía tampoco necesita ser extremadamente compleja para resultar efectiva. De hecho, muchas de las canciones más conocidas de la historia utilizan motivos sorprendentemente sencillos.

La dificultad no siempre está en utilizar muchas notas.

A menudo está en encontrar las notas adecuadas.

La armonía y el poder de crear tensión

Si la melodía puede entenderse como una línea horizontal que avanza en el tiempo, la armonía estudia principalmente la relación entre sonidos que aparecen simultáneamente.

Aquí entran conceptos como:

  • intervalos,
  • acordes,
  • tonalidades,
  • escalas,
  • consonancia,
  • disonancia,
  • tensión y resolución.

La armonía tiene una enorme capacidad para modificar nuestra percepción de una melodía.

Una misma nota puede transmitir sensaciones completamente diferentes dependiendo del acorde que aparezca debajo.

Por eso podemos entender la armonía como una especie de contexto emocional de la música.

Aunque conviene hacer una precisión: asociar automáticamente acordes mayores con alegría y menores con tristeza es una simplificación. Nuestra respuesta depende también del ritmo, tempo, instrumentación, cultura, interpretación y contexto.

El silencio también es música

Uno de los conceptos más interesantes aparece cuando dejamos de pensar exclusivamente en los sonidos.

Porque el silencio también forma parte de la música.

Una pausa colocada correctamente puede resultar tan importante como una nota.

El silencio permite respirar a una composición, crea expectativa y puede aumentar enormemente la tensión antes de que vuelva a aparecer el sonido.

El compositor estadounidense John Cage llevó esta reflexión hasta uno de sus extremos más conocidos con 4′33″, una obra en la que los intérpretes no ejecutan deliberadamente sus instrumentos durante el tiempo indicado.

La obra plantea una cuestión fascinante: cuando eliminamos la interpretación convencional, seguimos escuchando sonidos.

El público.

La sala.

Una respiración.

Un movimiento.

El entorno.

La frontera entre sonido, silencio y música resulta entonces mucho menos evidente.

¿Por qué la música nos emociona?

Esta posiblemente sea la pregunta más fascinante.

¿Cómo puede una combinación de vibraciones producir tristeza, alegría, tensión o nostalgia?

La respuesta implica diferentes procesos relacionados con el cerebro, la memoria, las expectativas y nuestra experiencia personal.

Cuando escuchamos música, nuestro cerebro intenta constantemente predecir qué ocurrirá después.

Un acorde que esperamos y finalmente aparece puede producir sensación de resolución. Si tarda en llegar, aumenta la tensión. Y si aparece algo completamente diferente, puede sorprendernos.

Los compositores utilizan consciente o inconscientemente este mecanismo continuamente.

Pero también interviene la memoria autobiográfica.

Una canción puede quedar asociada a una persona, una época o un acontecimiento concreto. Años después, escuchar unos pocos segundos puede recuperar emociones y recuerdos que parecían olvidados.

La música funciona entonces como una extraordinaria máquina de memoria emocional.

¿Existe música sin instrumentos?

Por supuesto.

La voz humana probablemente sea uno de nuestros instrumentos musicales más antiguos, pero tampoco necesitamos necesariamente una voz.

Podemos crear música utilizando palmas, percusión corporal, objetos cotidianos, sonidos naturales, máquinas o prácticamente cualquier elemento capaz de producir sonido.

La tecnología ha ampliado todavía más estas posibilidades.

Actualmente podemos construir una composición utilizando:

  • sintetizadores,
  • samplers,
  • grabaciones de campo,
  • instrumentos virtuales,
  • ordenadores,
  • dispositivos móviles,
  • procesamiento digital de audio.

Un músico puede incluso grabar el sonido de una puerta cerrándose, modificarlo mediante software, cambiar su afinación y convertirlo en parte de un instrumento completamente nuevo.

La materia prima continúa siendo la misma: el sonido.

Lo que cambia son nuestras herramientas para manipularlo.

De la música acústica al estudio digital

Durante miles de años la música solamente podía existir mientras alguien la interpretaba.

La aparición de los sistemas de grabación cambió radicalmente esta situación.

La música podía conservarse.

Posteriormente llegaron la grabación multipista, los sintetizadores, los efectos electrónicos, el audio digital y finalmente las modernas DAW (Digital Audio Workstations).

Hoy un estudio relativamente pequeño puede disponer de posibilidades que hace unas décadas requerían instalaciones extraordinariamente costosas.

Podemos grabar decenas de pistas, editar interpretaciones, utilizar instrumentos virtuales, automatizar parámetros, aplicar reverberación, compresión o ecualización y finalmente realizar procesos de mezcla y mastering completamente dentro de un ordenador.

Esto también ha transformado la figura del músico.

Composición, interpretación y producción pueden formar ahora parte del mismo proceso creativo.

La tecnología no sustituye necesariamente al músico. Puede convertirse en otro instrumento a su disposición.

Música, técnica y emoción

Aprender teoría musical es extraordinariamente útil.

Comprender armonía, ritmo, escalas, acústica, grabación o mezcla proporciona herramientas que permiten tomar mejores decisiones.

Pero existe un peligro: olvidar para qué sirven esas herramientas.

Podemos crear una producción técnicamente impecable que no transmita absolutamente nada.

Y también podemos encontrarnos con una interpretación imperfecta capaz de emocionarnos profundamente.

La técnica debería estar al servicio de una intención.

Porque conocer las reglas permite comprender por qué algo funciona, pero hacer música implica también decidir cuándo seguirlas, modificarlas o incluso romperlas.

Entonces, ¿qué es realmente la música?

Después de hablar de frecuencias, ritmo, melodía, armonía y tecnología seguimos encontrándonos ante una pregunta difícil de responder con una única frase.

La música es sonido organizado, pero también silencio.

Es física, pero también percepción.

Es matemática y estructura, pero puede surgir de una improvisación.

Es tecnología y técnica, pero fundamentalmente puede convertirse en una poderosa forma de expresión humana.

Quizá precisamente por eso seguimos creando música después de miles de años.

Porque existen cosas que podemos explicar mediante palabras y otras que necesitamos convertir en sonidos.

Conclusión: escuchar la música de otra manera

Entender qué es la música no significa eliminar su misterio.

Sucede justamente lo contrario.

Cuando comenzamos a comprender cómo funcionan el ritmo, la melodía, la armonía, el timbre, el sonido y el silencio, empezamos también a escuchar detalles que antes podían pasar inadvertidos.

Una canción deja de ser simplemente una canción.

Podemos preguntarnos por qué entra la batería en determinado momento, qué consigue ese cambio de acorde, por qué una guitarra parece enorme dentro de una mezcla o por qué unos segundos de silencio consiguen aumentar la emoción de todo lo que viene después.

Ese será precisamente uno de los objetivos de esta sección de Fran Paredes: hablar de música desde dentro.

De composición, instrumentos, grabación, producción, mezcla, mastering y tecnología, pero también de aquello que justifica todo lo anterior:

crear sonidos capaces de transmitir algo.

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